Es un tipo raro, crees que lo conoces y te sorprende haciéndote perder el  equilibrio.  Lo escuchas hablar y te complementas con cada palabra que dice y te prometes buscar la incomprendida, en el diccionario, en  ECURED y con suerte en la Wiki. No quieres perder el sentido, el hilo- y la aguja- y te vuelves insomne para estar a tono con lo último compartido.

Todos los días te haces el firme propósito de no hablar, no escribir, no estar ahí cuando aparece; apagar la luz que se enciende en tus ojos, detener esas mariposas asquerosas que te revolotean en el estómago y dejarle de ver por un tiempo. Al cabo de dos días  de abstinencias forzosas, de no estar a la hora indicada, de detenerte más de lo usual en la visita de la noche;  sus notitas amarillas, sus mensajes y los recados de voz, causan el mismo efecto indeseado de la luz y el revuelo.

Crees que estás enferma, sientes un peso y te da nervio que altere tu ritmo habitual. -No quiero-, -échamelo en el sombrero- y te buscas mil y una excusas, para convencer a nadie.

Hoy te decides a quedarte con el problema, con el amor que no es amor, el amigo que es más que eso y menos. Te decides porque te has acostumbrado a no tener conciencia de amar o a tu incapacidad para ello,  tienes rabia porque ya sabes que “el  sabe”  y te sonríes y te lagrimeas por nada y por todo, porque estas cansada de repetir que no tienes ilusiones, que estas cansada y vieja, para descubrir de pronto que sí, que la caída de ellas es lo que te hace escribir como boba y no querer saber…..

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