Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas
(AP)
-¿Vale una imagen más que mil palabras?
Las emociones suelen jugarnos malas pasadas, le dejamos a la imaginación la tarea que le corresponde a la vista, el tacto y el conocimiento. Soy adicta a ellas, tengo que enlazarlas para que no me salgan muchas veces, cobran vida propia y se apropian de mis sentidos, como el que ahora se adueña ante el descubrimiento de lo abstracto.
¿Y cómo escribir sin delatar?
Son tres y uno es muy grande, cubriendo más de un espacio, horadando interminablemente; infinitos puntitos que conforman el todo , se entremezclan sonrisas deformes, lanzas, espinas y huesos, toda una danza infernalmente mágica y hermosa que me recuerda la lucha sangrienta de los galos contra romanos, o a Ragnar buscando tierras para hacerlas suyas, aquel legendario vikingo que tan divinamente han representado en la actualidad (¿así de guapo habrá sido?). Y abundan cuernos que profanan espacios, presumiendo abundancias y el cofre de Pandora no quiere cerrarse ; las emociones se acumulan y escapan con la risa sarcástica de un duendecillo travieso que no llega asustarme, y por último llega la música sorda, el resonar de guitarras, bajos y vocales que gritan Serve you master o Seven enemies y es como un barco pirata ante una puerta, cierro los ojos e imagino lo que desconozco, y retumban en mis oídos las cuerdas; no llega a atraparme y sin embargo me trasmuto en el ser que puede apreciarla y perpetuarla en su carne; un amor que desconozco: el de ilustrarse en aras de un amor igualmente cierto.
¿Se mantendrá firme como esas huellas indelebles que lo acompañarán siempre? , ¿alguna vez cruzará el arrepentimiento por ahondar en su carne lo que hoy ama con tanta fuerza?. Y es su cuerpo como un libro que no puedo leer, me sobrecoge la altura y me deja exhausta como esas canciones que me gustan pero ignoro la mitad de las cosas que dicen; -la verdad está allá afuera, repite Fox cada noche y la mía hoy está dentro; en los pequeños pixeles que me han atrapado, a la que me aferro para encontrar una razón para desplegar mis dedos, esos mismos que quisieran recorrer lenta y descansadamente el eterno espacio en que no está.