Abuela
Abuelita mía:
Esta carta empecé a escribirla hace diez años y ahora que no puedes leerla la termino para que otros lo hagan. Hoy estoy segura de que los ángeles existen, porque te siento como antes -como siempre- a mi lado. Cuando nací antes de tiempo, salí directo a tus brazos; hechos para ser mi abuela. Me diste tu nombre con una letra menos, tus anillos y la Fe (me cuesta mantenerla). Aún duermo en tú cama, la que compartimos hasta tu muerte. Recuerdo las noches de los cuentos y oraciones aprendidas –Padre nuestro que estás en los cielos- tu alegría al regalarme el rosario en mi comunión -santificado sea tu nombre–
Cuando aprendí a leer corrí como loca a leerte aquella historia que creí había sido escrita para ti –yo me pregunto abuelita, como podías vivir sin mí?
Abuela: guardo tantas cosas, que no me alcanzo a contarlas: los dos cofres que no dejabas tocar, la Biblia, tus fotos. Las tengo en mi mesa de noche para que puedas velar mis sueños. Te tengo en mi corazón para poder encontrarte una vez más.
La muerte tuvo el privilegio de llevarse tu cuerpo, la parte tangible que amo, pero no se acaba el amor, te sigo queriendo más allá de la muerte y el tiempo. Sigo viviendo de un modo diferente y seguirás viviendo en la vida de mi hijo, con la certeza de que volveré a encontrarte.
Abuelita mía, llenaría mil espacios con tus recuerdos, los guardo en mi corazón grabados con tus besos, con la miel de tus palabras y el olor de los jazmines que no he vuelto a ver. Hoy las orquídeas de la casa vieja siguen naciendo, mi madre no deja que las corten, consagradas llevan tú nombre: Viviana.
