Soñada mente.
La música regresa, una y otra vez. Y vuelven los ojos veraces a mirarme desde el silencio. Descubriendo cada espacio y gesto imaginado. A lo lejos Sabina canta mentiras piadosas, como si fuera el fondo de una película sonora, calla la voz y vuelve el silencio. Y son los ojos pequeñas ranuras en las que no puedo verme, agujeros negros en los que destellos de luz acarician una realidad tangible. Intento perderme y no puedo, me detienen las ganas y el temor; llega una lluvia dorada mezclando el gusto, acariciando con la calidez de una lagrima el fondo de mi alma. En mi garganta se atragantan las palabras, y solo acierto a tomar un libro entre mis manos, rebuscar una de sus frases y repetirlas a dúo, encontrando así las palabras que no salen, que ya fueron escritas hace cientos de años esperando el instante que no puede detenerse. – Dónde está un vendedor de tiempo cuando se necesita?
Y de pronto reconocí tu cuerpo como mío, cada espacio exactamente en su lugar, huecos expresamente para ti, para mí y descubrí tu sabor, mezcla de generaciones, de bohemios parranderos, alcohólicos, ebrios, felices. Compartiendo un vaso, un gesto. Y fueron tus palabras cuna de mis sueños, la nana de mi cuento y navegue a la proa de tu barco como buen grumete que arremete contra las olas. Y fue tu cuerpo principio y fin, estrategia no planeada, final no pactado, grata sorpresa. -Dónde están los hombres grises a los que Momo ha perseguido con saña?
Y seguiremos soñando; viviendo aunque la vida se nos vaya en ello.